martes, 24 de febrero de 2009

DE HOMBRE A NIÑO OTRA VEZ

Apelando un poco a mi escaza memoria, recuerdo que, en los días de mi niñez, hacia mis tareas religiosamente, no peleaba, y me portaba bien para que mi madre me recompensara con una tarde de paseo por la calle el conde. Claro, dicho paseo carecía de premio alguno, como un helado o una golosina (con lo mucho que me gustaban las golosinas). Para ser sincero, no recuerdo el número de veces que llegue a pasearme desde niño por esa calle, pero si recuerdo lo mucho que me divertía caminar de un lugar a otro, a lo largo del conde peatonal, como el que camina sin rumbo y sin destino. ¿Por qué traigo esta pequeña anécdota de mi juventud a colación? Hoy, después de 20 años (eso me recuerda lo viejo que me estoy poniendo) tengo que transitar por esta calle peatonal todos los díasVerán, trabajo en la calle Isabel La católica de la zona colonial desde hace 6 años y para llegar a mi trabajo tengo que caminar por ella todos los días (de ida y vuelta). La he caminado tantas veces que ya se me ha hecho una costumbre. Al principio me sentía extraño caminar por ella, con tanta gente a mi alrededor, muchas tiendas abiertas, vagabundos en las esquinas, restaurantes que llaman mucho la atención, prostitutas en cada esquina y los típicos homosexuales que transitan en ella. Hoy sucedió algo especial. Algo que no me sucedía desde hace mucho tiempo. Al medio día decidí almorzar fuera de la oficina y obviamente, el conde era la opción del día. No tengo que contarle la travesía mientras iba, pero al venir me paso algo increíble. Al llegar a la esquina del parque Colon, me llegaron algunos recuerdos de mi niñez, sí, de los días en que mi madre me paseaba por el parque colon. Entonces mire hacia los lados y había algo diferente en el entorno. La gente me empezó a parecerme graciosa. Por un momento quise saber lo que pasaba por las mentes de todo el que se quedaba mirándome. Vi el parque colorido. Las palomas me parecieron graciosas. Los turistas ya no eran tan desagradables. Es extraño, pero me sentí diferente. Diferente a todos los días en que he transitado por allí. Al llegar a mi trabajo noté que se había ido la magia, pero después de todo me alegra haber ido a comer fuera, porque increíblemente, aunque tan solo fue por unos minutos: volví a ser un niño de nuevo.