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martes, 11 de enero de 2011

AMANECERES INTERMINABLES

Quién iba a imaginar que, en esos momentos tristes y amargos de mi vida, pudiera ver pasar toda mi vida frente a mí. Verme a mí mismo contemplar como mis ojos se cierran con el peso de mis lágrimas en estos amaneceres. Como si mi frágil corazón se negara a aceptar el cruel destino que me fue asignado. Hasta el cálido viento escondió su sonrisa, mostrándome su lado triste y moribundo. Quién iba a imaginar que el sol incauto me obsequiaría sus radiantes y primogénitos rayos en medio de mi agonía y mis tristezas. Quién iba a imaginar que el mar me dejaría pisar su suelo desierto, caminar entre rocas y saltar al vacío de sus olas cubiertas por un velo negro que resalta sus frías y agonizantes encrucijadas. Quién iba a imaginar que la niebla fría caería sobre mis hombros en forma de ceniza, mostrándome cual verdugo suele imponerse sobre los débiles y frágiles mártires, dejando huellas en mi rostro, las cuales perduran y se aferran a mi triste vida. Quién iba a imaginar que al amanecer me perdería entre pardas nubes en la selva umbría, de esos pantanos sin luz donde la lluvia se abre paso por el camino de la procesión triunfal de los sauces con extraño brío. Entonces caigo en el espiral de mi existencia, pensando en lo más sublime de mis temores, tratando de ser escuchado en medio de aquellas voces que las sombras conjuran en medio de las penumbras, aquellas que los jinetes segadores de aspiraciones cortan en el filo de la vida. Quién iba a imaginar que saber lo infinito implicaba convivir con aquello que abruma con el mar de la soledad, obligándome a tocar con mis manos, la frialdad de sus aguas turbias. He perdido la noción del tiempo y todo parece abstracto, confundido por la corriente de aire imaginaria que se cruza entre la línea de mis emociones y la burda realidad que choca contra mi rostro en mis amaneceres triviales. Entre lágrimas y risas, entre amaneceres y mis amaneceres interminables, al final, pediré a Dios vestirme de paciencia y sabiduría. Vestirme de luces en mis amaneceres quejumbrosos, porque, pese a mi lenta agonía, puedo ver las olas del mar y los cálidos rayos que me dan la bienvenida día tras día en cada amanecer interminable de mi vida.

lunes, 3 de agosto de 2009

UNA TAZA DE CAFE A LA MEDIA NOCHE

Al final, después de unos largos e interminables minutos, en busca de una excusa, decidí hacer como una especia de acto de aparición sorpresa en aquel lugar mágico. Como si pareciera un deseo concedido por un hada a la media noche. Pero lo cierto es, y haciendo honor a la verdad, que no la necesitaba, porque de repente, a veces, solo basta con querer hacer algo y del resto se encargan las casualidades de la vida. De repente estábamos ahí, frente a frente, sentados en la sala en la pequeña mesa de cristal, contando historias, anécdotas de nuestras vidas, como si quisiéramos enviar códigos, mensajes a medias, patrones de conductas, gustos y creencias disfrazadas de cuentos de hadas. Mientras me hablaba no pude evitar perder mi mirada en su rostro, observar lo hermoso que se veían esos ojos vivarachos, inquietos y veloces, que se movían de un lado a otro, provocando en mí el más intenso y apasionado de los morbos. Estábamos tan cerca el uno del otro que sentí como su respiración acariciaba mi rostro, mis labios, humedeciendo por completo mi boca, mis deseos, mis pasiones. En aquel recorrido visual me detuve en sus labios carnosos sin poder evitar fantasear con perderme en ellos tan solo por un instante. De repente, mientras escuchaba sus palabras, volví al pasado, a los días de la efímera felicidad, de risas y de alegrías fugaces. No es que de repente vi pasar toda mi vida delante de mí, como me ha sucedido en otras ocasiones, pero si pude contemplar y detenerme en los momentos felices que en uno u otro momento han protagonizado ciertas escenas de mi corta vida, como si alguien superior a los humanos me estuviera enseñando la valiosa lección de no dejar que los miedos y los fantasmas ocultos del pasado sobrepasen las ganas de seguir adelante. Mientras fantaseaba con su pelo, con su nariz, olvidando por completo la realidad en la que estaba, escuche su voz, como si se tratara de un eco que va perdiendo fuerzas a medida que se desvanece en el vacío: “¿Lo prefieres frío o caliente? ¿Una o dos cucharadas de azúcar?”, me dijo, mientras tomaba la cafetera en la mano. Me quede frisado y mi reacción por poco y me delataba y es que no soy amante a la cafeína ni mucho menos, pero por un instante había olvidado que precisamente esa había sido la excusa inventada que justificaba mi presencia en ese lugar y en ese momento maravilloso. Y lo cierto es que, al ver como su boca se ligaba con aquella taza llegue a sentir envidia, envidia de aquella taza que se frotaba con sus labios, con su aliento, con lo dulce de su paladar, envidia de aquella escena que recordare durante toda mi vida, cuando a media noche, deguste “Las mejor taza de café que he bebido en toda mi vida”.

lunes, 27 de julio de 2009

CATARSIS A MEDIA NOCHE

A media noche, cuando las corrientes de aire que se deslizaban por las paredes de mi habitación empezaron a tornarse pesadas, y el susurro de la luna había sido opacado por los destellos luminosos de las estrellas que apuntaban a mi cama, te sentí recorrer mi cuerpo, quizás en busca de algunos recuerdos que dejaste aquel día, creyendo que podías volver en cualquier momento o quizás fue solo por olvido. Mi respiración agitada delataba tu presencia, y el ritmo acelerado de los latidos de mi corazón marcaban tu largo e interminable recorrido dentro de mí. Buscabas respuestas, razones, verdades, como quien trata de convencerse de las realidades que se muestran ante nuestros ojos y que difícilmente aceptamos con tan solo verlas. Note tu preocupación, tu angustia, tu aflicción, al cruzar de un sitio a otro, como si tu búsqueda se convirtiera en un laberinto infinito, tratando de disimular la decepción que te provoco no encontrarme en estado en que me dejaste. Sentí como tus manos trataban de acariciar mi rostro, resultando imposible atravesar la barrera del tiempo y el olvido, tratando de humedecer tus labios junto a los míos, obteniendo solo reproches, tratando de abrigarte en mi pecho y sentir mi calor, obteniendo solo rechazo. Y subiste a mi mente, tratando de confundir mis pensamientos, de chocar con mis ideas, de introducirte en mis recuerdos, reviviendo los momentos en que heredaste mis ideas, mis pensamientos, mi amor. Y recordé aquellos días, donde jugabas a ser Dios con tus influencias, con tus tretas, con tus mañas, y entraste en un estado de confusión, como cuando se nubla el pensamiento y empezamos a ver sombras, visiones y sucesos sin relevancia ni explicación. También note tu tristeza, tus lamentos, en tu recorrido hacia el final de tu existencia en mí. Y fue entonces cuando te detuviste en mi corazón, como si supieras que aquel lugar seria tu salvación, esperando encontrar la razón por la que seguirías formando parte de mí, en busca de nuevos rastros de amor, buscando huellas de sentimientos guardados, arraigados en lo más profundo de mi ser, como quien aprende una enseñanza paralela interior o esotérica que se daba únicamente a los que se reputaban moral y espiritualmente merecedores y personas maduras para recibirla, y al final, note tu regocijo, al darte cuenta de que me he vuelto un ser vacío, melancólico, carente de rasgos sublimes a las reacciones de los mortales, como quien se desvanece con el rocío de la madrugada al comienzo del día, como un deseo fugaz que desaparece ante la materialización de los sueños perdidos. Y mi espíritu, ante tu alegría, se intranquilizo, sintiéndose traicionado por mis emociones, asustado por mi impotencia, decidido a paralizar mis sentidos y mis deseos, obligándote a salir contra tu voluntad, sin dejar rastros, ni sombras, devolviéndome mi alivio, mi paz, mi tranquilidad, después de experimentar mi catarsis a media noche.