Para que un razonamiento sea válido, no basta con que las conclusiones sean verdaderas, sino que, tienen que ser definitiva y necesariamente verdaderas. Es por esto que, después de tanto tiempo, al fin entiendo el porqué de su enorme capacidad de tolerancia y aguante. Si lo que he escuchado es cierto, y si mi memoria bien atinada no me falla, me parece que han sido tres largos años de relación fallida, desde mi juicioso y mal valorado punto de vista. Una relación caracterizada por incontables escenas de celos, exigencias de cumplimiento de fidelidad no cumplida, o al menos por una de las dos partes involucradas. Sin embargo, tengo que confesar lo difícil que ha resultado para mí, poder resumir en una sola frase, lo que significa 8.5 de 10 puntos. Y no es que el asunto amerite ser analizado a profundidad, pero debo de admitir que por el simple hecho de casi llegar a 10, casi alcanzado el estado perfecto añorado por cualquiera, me llamo poderosamente la atención y cautivo hasta el más recóndito de mis sentidos. En un intento por descifrar tal misterio, termine recurriendo a la lógica, la llamada ciencia del razonamiento. Porque razonar y filosofar, para mí, se ha convertido en un ejercicio bastante profundo y complicado últimamente, dado que no he podido obtener las llamadas conclusiones que esperaba partir de las tantas afirmaciones que le he oído pronunciar desde que nos conocemos, las cuales, a mi entender, le daban apenas un 5 o un 6 como mucho. Y sí, créanme, he aplicado los criterios adecuados en mis justos razonamientos, diría yo, teniendo muy presente que, si las afirmaciones son verdaderas, entonces las conclusiones que se obtengan al final también tienen que serlo necesariamente. Sin embargo, en todo este razonamiento o ejercicio mental que he tenido que hacer, me he dado cuenta de algo muy importante. Algo que, al principio, mientras escuchaba sus repetidas palabras, pasaba desapercibido a mis sentidos, lo cual puedo afirmar, es una de las grandes verdades de mi filosofía catarsica: “Siempre tenemos lo que merecemos”. Aunque pensándolo bien, por 8.5 de 10 cualquiera estaría dispuesto a soportar y tolerar muchas cosas en la vida. Sin importar si esto implica interminables rupturas del contrato de pareja, las cotidianas y acaloradas discusiones acompañadas de gritos y ofensas, o por el añorado trato tierno y confortable al que aspiramos tener en las relaciones de cuentos de hadas y que al final no tenemos, o que nos consuman la vida en el largo y tortuoso proceso de adaptación marital. Todos soñamos con tener una relación basada en el cariño, en el respeto, en la honestidad, con paz mental, y estabilidad emocional, pero sin lugar a dudas que cuando se puede disfrutar de un 8.5 de 10, la inteligencia y el afecto, terminan estando en un segundo y muy olvidado plano astral. Porque después de tanto meditar en el asunto, pude entender que la lógica no siempre define lo que es un razonamiento valido. Al final los razonamientos son los que son y punto, y no estamos en posición de decidir cuáles queremos dar por buenos y cuáles resultan ser malos, ya que al final y siempre al final, aunque los razonamientos no sean lo suficientemente lógicos como para poder resumirlos en una sola frase, lo importantes es, y siempre será, poder tener y disfrutar de un 8.5 de 10, aunque en ello se nos valla lentamente la existencia.
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viernes, 17 de septiembre de 2021
lunes, 20 de julio de 2009
COMO UNA SOMBRA DE NUESTRA PROPIA SOMBRA

No soy de esos chicos que viven aferrados a circunstancias y motivos de la vida pasada, pero al igual que todo ser humano que vive sobre esta tierra, tengo mis demonios y las sombras que día tras día secuela mis trágicas parodias a las que a veces y solo a veces llamo vida. Aunque a veces las respuestas a las interrogantes que nos planteamos provienen de nuestro propio interior, jugando a creer que a veces las paredes y los susurros del viento, que todo lo observa, se deslizan por nuestro cuello y nos concede el don de poder descifrar hasta los más enigmáticos acertijos, termine ante su presencia, rompiendo las promesas que les hice a mis emociones, a mis principios, sin importar las promesas que me hice a mí mismo de no volver nunca en la vida a recurrir ante su rostro, para escuchar sus divinas palabras, para revelar ante él mis miedos ocultos, y terminar con las secuelas que se han venido repitiendo una y otra vez ante mis ojos, como una especie de Dejabu o sueño místico. “¿Qué es lo que te atormenta?” me dijo, invitándome a comenzar mi historia, como si supiera de antemano cada detalle, cada rasgo minucioso. Había algo en sus palabras que me atemorizaba, como si sintiera una amarga sensación de un presagio que abordaba mi mente por desobedecer las leyes sobrenaturales que rigen mis actos, los mismos que a veces me obligan a cumplir mis promesas, recordándome en todo momento las consecuencias desastrosas que provienen de intentar compartir mis secretos profundos, sin importar que se trate de alguien conocido como un Dios. Como cuando te pierdes y te ahogas en lo más profundo de una noche acalorada, pidiendo a voces que alguien te rescate, contemplando solamente los débiles sonidos que se van perdiendo en el mismo sueño. Había una corriente de aire tibia que circulaba por las cuatro paredes de la habitación, solidificando las gotas de sudor que colgaban en mi frente, amenazando con caer al vacío y delatar mi estado de nerviosismo, como si algo o alguien estuvieran presente, en espera de las revelaciones que permanecían ocultas en mi caja de pandora y que oído humano jamás han escuchado. Mientras le contaba mis miedos, mis sombras, me perdí en una mirada fija por la ventana, sin poder evitar navegar por unos segundos en el cielo que se revelaba ante mí. No había nubes, ni estrellas. La luna se ocultaba detrás de su silueta, de su sombra, de su pena. No había ruido, no escuche voces ni presiones esta vez, diferente a la última vez que recurrí a él en busca del significado de los tormentos que agobiaban mi mente, cuando se revelo ante mí como el Santo Oscuro. Al terminar de contar lo inmencionable, sentí que se formaba un nudo en mi garganta. No por haber desobedecido a los Dioses, al compartir con él los secretos que se perderían en mi mente con el olvido y el tiempo, si no, por ver su rostro, por contemplar su silencio, como quien medita y procesa todo para luego enunciar una ley que humano alguno no podría cumplir sin la ayuda de quienes dictan las reglar de la vida. “La felicidad, a veces, implica dejar atrás todo lo que nos hizo feliz en una etapa pasada. Ser feliz implica no ser cobarde y decir las cosas que se deben decir, sin importar que al colgar nos desvanezcamos en llanto y nos ahoguemos en el sufrimiento momentáneo. Ser feliz significa dejar los miedos del pasado y abrirse a nuevos retos, a nuevos miedos”, me dijo, como si se tratara de una regla de oro que tendría vigencia por los siglos de los siglos. Entonces y solo entonces, pude ver más allá de mis ojos y contemplar el secreto que permanecía oculto frente a mí, comprendiendo el significado de sus sabias palabras, y pude darme cuenta que el amor, el sentimiento y el miedo del pasado, no pueden convivir con nuestras emociones presentes, ni mucho menos ser sombras de nuestra propia sombra.
